
Título original: Petróleo, monjas y poetas ya está publicado
Fecha: martes, 14 de septiembre de 2021
Enlace original: https://varietesyrepublica.blogspot.com/2021/09/petroleo-monjas-y-poetas-ya-esta.html
Tipo de alusión:
No menciona ni a mi padre ni a mí directamente. Pero deja entrever su línea de autolegitimación: reivindicar el prestigio de su obra y su legado como excusa para blindar su discurso. Se coloca como referente de futuros investigadores, transmitiendo un modelo académico de dudosa honestidad.
Estrategia discursiva:
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Presumir de sus 30 libros como aval de autoridad.
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Construir un “punto final” glorioso a su carrera, disfrazado de generosidad académica (“enseñar a jóvenes investigadores”).
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Usar el prestigio acumulado como argumento implícito para desacreditar cualquier crítica (incluida la mía en los tribunales).
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Presentar la cantidad de libros como equivalente a verdad y rigor.
Réplica narrativa: Treinta libros y un coro de palmeros no hacen una verdad
A propósito de “Petróleo, monjas y poetas ya está publicado” (14-09-2021)
Ríos Carratalá se despide en esa entrada con el inventario de “más de treinta libros”, como si fuera un certificado de infalibilidad, y el anuncio de que su “punto final” será enseñar método a jóvenes investigadores. El currículo impresiona; la conclusión, no. Treinta libros no convierten la simplificación en verdad. La verdad no se mide en lomos alineados ni en el volumen del aplauso, sino en hechos comprobables y documentos íntegros. Tampoco otorgan patente de corso para difamar a los muertos ni para manipular documentos. Y mucho menos justifican que en un tribunal uno intente acallar al hijo de la persona difamada con el peso de ese currículum.
Lo preocupante no es solo el énfasis en el legado, sino el ecosistema que lo arropa: entrevistas que él mismo publica en su web con colegas y amigos afines, donde los egos se reparten elogios de ida y vuelta, pero nadie parece leer a fondo lo que el otro escribe. Es el típico “yo te aplaudo hoy, tú me aplaudes mañana”, un corporativismo hueco que sustituye la lectura crítica por el simple compadreo. Y no hablo de oídas: he contactado con algunos de esos catedráticos, por correo, por Facebook e incluso en persona. Al preguntarles si habían leído, por ejemplo, Nos vemos en Chicote, las sonrisas nerviosas y las excusas fueron la norma. “En parte sí…”, respondían. Esa parte debió de ser mínima, porque al formularles cuestiones concretas desviaban la conversación con justificaciones de compromiso. Así se construye el “apoyo incondicional”: sin contrastar nada, solo con la fe ciega en el colega.
Yo no entro a valorar esos libros, aunque, aparte del sectarismo burlesco, la mayoría no parecen más que crónicas personales de la política y la cultura de los últimos años, redactadas por un señor de dudoso valor investigador, al que su ego le permite pontificar sobre todo como si fuera palabra revelada. Esa es, al parecer, la herencia académica que pretende dejar: no el rigor, sino la autosuficiencia disfrazada de sabiduría.

Y luego está la escena del juicio civil en Cádiz, que habla por sí sola: el Sr. Ríos se presentó cargado de libros, ofreciéndolos como obsequio a la fiscal —que lo aceptó encantada—, a la jueza —que mantuvo cierta distancia— y hasta a mi abogado, que con buen criterio los rechazó. Aquello no fue un acto de cortesía: fue un gesto improcedente en un proceso judicial, donde lo que se juzgaba no era su capacidad de regalar “estampitas” de su obra, sino la veracidad de lo que había escrito. Convertir la sala en un escenario promocional es una falta de respeto a la justicia y a las partes.
Una escena más propia de un artista en gira que de un académico que debía responder por lo que había escrito.
Treinta libros no absuelven una simplificación; treinta entrevistas no convierten un eslogan en documento; treinta conferencias no suplantan la lectura minuciosa de las fuentes. El “punto final” que proclama no borra las preguntas que siguen abiertas ni las falsedades que he señalado y documentado. Que se quede con su “punto final”.
Y quién sabe… ¿Acaso cree el Sr. Ríos que la justicia funciona a base de merchandising? ¿Irá también a la Audiencia Provincial con una maleta llena de ejemplares, repartiendo estampitas de su “verdad” entre los magistrados?
La ironía es que ese “punto final” del que habla no es más que una huida hacia adelante. Su legado, si algo deja, es la demostración de que treinta libros pueden repetirse como un mantra, pero no absolver las mentiras originales que los mancha.
Mi punto final es otro: seguir desmontando, una a una, las inexactitudes sobre la memoria de mi padre. Con archivos, con fechas, con contexto. Sin palmeros, sin egos desmedidos y, desde luego, sin estampitas judiciales. Porque la dignidad no se defiende con currículos apilados, sino con la verdad comprobada.
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