CUANDO DECIR LA VERDAD SE CASTIGA: DE PÉREZ-REVERTE A MI PROPIO LINCHAMIENTO MEDIÁTICO

Publicado el 30 de enero de 2026, 12:01

En estos días hemos visto cómo las jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por Arturo Pérez-Reverte (1936: la guerra que todos perdimos) han sido suspendidas tras presiones, amenazas y campañas de descrédito desde sectores de la izquierda y del activismo memorialista.

Más allá de la figura de Pérez-Reverte —con quien se puede discrepar legítimamente— el episodio revela algo inquietante: la tendencia a sustituir el contraste de ideas por la intimidación, la descalificación moral y la cancelación.

Un espacio incómodo se transforma en un “acto intolerable”.
Una discrepancia se convierte en “ofensa ética”.
Y quien no se somete al marco ideológico dominante es señalado como revisionista, reaccionario o enemigo de la democracia.

No es un caso aislado: es un clima

La reacción contra el acto ha seguido un guion reconocible:

  • Renuncias públicas con alto contenido moralizante.

  • Campañas en redes sociales para deslegitimar el evento.

  • Presión institucional y mediática.

  • Y finalmente, la cancelación de un espacio legítimo.

Algunos lo celebran como una victoria política. Otros lo justifican como “responsabilidad democrática”. Pero el resultado práctico es claro: menos pluralismo, menos contraste y más miedo a salirse del guion.

Cuando la izquierda no debate: silencia

Paradójicamente, quienes se presentan como defensores de la libertad, la memoria y la justicia histórica reproducen dinámicas de señalamiento y linchamiento simbólico.

No refutan argumentos: deslegitiman personas.
No contrastan datos: imponen relatos.
No aceptan el disenso: lo penalizan.

Y eso —lo diga quien lo diga— no es cultura democrática: es cultura de la cancelación.

Por qué esto me resulta dolorosamente familiar

Lo ocurrido con Pérez-Reverte no me sorprende.

Llevo años sufriendo ataques, silenciamientos y campañas de descrédito, especialmente desde ámbitos ideológicos de izquierda, alimentados por la versión falsa difundida por Juan Antonio Ríos Carratalá en libros, blogs y medios de comunicación.

Falsedad doble en el caso Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante:

  • Falsedad histórica: versión “incorrecta” (falsa) sobre Antonio Luis Baena Tocón.

  • Falsedad mediática: tergiversación pública de mi solicitud inicial (presentándola como “censura” o “borrado”), sin darme voz, “sin contraste y sin derecho a réplica”...

La falsedad no fue solo histórica. También fue mediática.

Conviene precisarlo: la falsedad no se limitó al relato sobre mi padre. También fue falsa —y decisiva— la versión que Ríos Carratalá trasladó a los medios sobre lo que yo pedí en un principio.

Yo no solicité “borrar” a nadie, ni “limpiar” nombres por motivos ideológicos, ni reescribir la historia.
Lo que pedí fue algo mucho más simple y legítimo: la retirada o rectificación de publicaciones concretas con afirmaciones falsas, y un tratamiento riguroso basado en contraste de fuentes.

Sin embargo, esa petición fue tergiversada mediáticamente —sin darme voz— y presentada como un supuesto intento de censura.
Rectificar falsedades pasó a interpretarse como “borrar la historia”.

Así se construyó un marco interesado que distorsionó el asunto desde su origen: se convirtió a quien pedía verdad en enemigo de la libertad, se sustituyó la discusión de los hechos por una caricatura moral y se legitimó el señalamiento público.

No solo se falsificó una biografía: se falsificó también mi posición, mi intención y mi derecho a réplica.

El patrón es el mismo

En mi caso:

  • Se difundió una versión falsa.

  • Se creó un clima hostil.

  • Se justificó el señalamiento en nombre de la “memoria”, la “ética” o la “democracia”.

  • Y se intentó que callara, me retirara o aceptara la humillación.

En el caso de Pérez-Reverte:

  • Se caricaturiza el acto como provocación.

  • Se presiona a los participantes.

  • Se siembra miedo reputacional.

  • Y se logra cerrar un espacio incómodo.

Distintas escalas. Misma lógica.

El problema no es Pérez-Reverte. Es el método.

Hoy es un escritor famoso.
Ayer fue un ciudadano defendiendo la memoria de su padre y de su abuelo.
Mañana será cualquiera que no repita el relato oficial.

El verdadero debate pendiente no es solo sobre la Guerra Civil.
Es sobre si aceptamos vivir en un país donde la izquierda más dogmática decide qué se puede decir, quién puede hablar y qué versión de la historia es tolerable.

Defender la verdad no debería convertirte en un enemigo

Yo no pedí privilegios. Pedí verdad, rigor y rectificación.
La respuesta fue hostilidad, tergiversación y ataques ideológicos.

Por eso lo de estos días no es solo una polémica cultural:
es un síntoma de un ecosistema donde la mentira útil se protege y la verdad incómoda se castiga.

Y ese ecosistema —lo sé por experiencia propia— hace daño real a personas reales.



Nota final de transparencia

Este texto se basa en experiencia personal, documentación histórica, resoluciones judiciales previas y un compromiso explícito con el rigor y la rectificación de errores factuales.

La defensa de la memoria no es censura. La verdad no es provocación.




Enlaces y fuentes periodísticas utilizadas



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