LIBERTAD DE EXPRESIÓN… PARA UNOS SÍ Y PARA OTROS NO

Publicado el 23 de marzo de 2026, 10:32

22 de marzo de 2025

ARTÍCULO 2

LIBERTAD DE EXPRESIÓN… PARA UNOS SÍ Y PARA OTROS NO

Quién puede hablar, quién puede preguntar y quién debe callar

 

 

La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia.

Pero hay una pregunta incómoda que cada vez aparece con más frecuencia:

👉 ¿se aplica realmente igual para todos?

Porque en el debate público actual no solo se discuten ideas.
También se decide —de forma cada vez más visible— quién tiene derecho a expresarlas.

1. Periodismo bajo sospecha… según quién pregunte

El caso del periodista Vito Quiles ha generado un intenso debate en las últimas semanas.

Diversas declaraciones políticas han defendido la necesidad de actuar frente a comportamientos considerados inapropiados dentro de instituciones públicas. Entre ellas, las del senador Juan Espadas, quien ha señalado que no se puede utilizar la libertad de prensa como escudo para acosar o vulnerar derechos (ojalá fiuera siempre así...).

Planteamiento razonable.
Necesario, incluso.

Pero aquí surge la cuestión clave:

👉 ¿quién decide cuándo una pregunta incómoda se convierte en acoso?

Porque la línea entre ambas cosas no siempre es objetiva.

 

2. El riesgo de redefinir la crítica

Cuando el poder político o mediático comienza a establecer límites difusos sobre qué preguntas son legítimas, aparece un riesgo evidente:

👉 convertir la incomodidad en delito… y la crítica en exceso

Esto no significa que todo valga.
Significa que los criterios deben ser claros, proporcionales y, sobre todo, no selectivos, ni sectarios.

Porque si solo se aplican a unos y no a otros, dejan de ser criterios.

Pasan a ser herramientas.

Cuando los límites del discurso se vuelven difusos:

👉 la crítica puede convertirse en problema… y la incomodidad en excusa

 

3. Periodistas que sobran… según otros periodistas

El debate se agrava cuando no solo intervienen los responsables políticos, sino también otros profesionales de la comunicación.

Las declaraciones del periodista Javier Ruiz cuestionando la presencia mediática de figuras como Nacho Abad o Antonio Naranjo abren otro frente:

👉 ¿desde cuándo la solución al desacuerdo es expulsar al discrepante?

El cuestionamiento de ciertos profesionales por parte de otros abre otra cuestión:

👉 ¿es la discrepancia motivo suficiente para excluir?

El pluralismo informativo no consiste en que todos piensen igual.

Consiste en que puedan expresarse —y ser rebatidos— sin ser excluidos.

 

4. HODIO y la tentación de medir el pensamiento

En este contexto se enmarca también el debate sobre herramientas institucionales como HODIO, destinadas supuestamente a analizar y/o medir el discurso en redes sociales.

La idea, en apariencia, es loable: identificar el odio, reducir la polarización.

Pero plantea una cuestión esencial:

👉 ¿quién define qué es odio… y qué es crítica legítima?

Porque la frontera entre ambas puede volverse peligrosamente difusa si depende del contexto político o ideológico.

Y cuando eso ocurre, el riesgo no es teórico:

👉 es la normalización de un control indirecto del discurso público

 

5. Libertad de expresión y doble rasero

Aquí aparece el patrón que ya vimos en el primer y anterior artículo.

No se trata de hechos aislados.

Se consolida una dinámica preocupante:

  • ciertas opiniones se amplifican
  • otras se cuestionan
  • y algunas se intentan silenciar

No por lo que dicen, no en función de su veracidad, sino por quién lo dice, por su alineamiento.

👉 la libertad de expresión deja entonces de ser un derecho… para convertirse en un privilegio

 

6. Preguntar no es agredir

Conviene recordar algo básico:

👉 una pregunta incómoda no es una agresión
👉 una discrepancia no es ofender, no es un delito
👉 una crítica no es odio

Cuando estas categorías se confunden, el resultado es un empobrecimiento del debate público.

Y, lo que es más grave, una autocensura creciente.

 

7. Una deriva preocupante

El problema no es solo jurídico o mediático.

Es cultural.

Porque cuando una sociedad empieza a aceptar que:

  • hay preguntas que no deben hacerse
  • hay temas que no deben tocarse
  • hay personas que no deben hablar

👉 deja de ser plenamente libre, aunque formalmente lo siga siendo.

 

8. Un patrón que se repite

Y aquí es donde este análisis deja de ser abstracto.

Porque este mismo mecanismo —la deslegitimación del discrepante— no es exclusivo del ámbito político o mediático.

También aparece en otros espacios donde, en teoría, debería primar el rigor y el debate argumentado.

👉 incluido el ámbito académico

 

Conclusión

La libertad de expresión no se mide por lo que se permite decir a quien coincide con nosotros.

Se mide por lo que se tolera escuchar de quien discrepa.

Porque cuando el criterio deja de ser la argumentación y pasa a ser la exclusión, el problema ya no es de opinión.

👉 es de libertad.

 

Cierre de la segunda entrega

En el próximo artículo abordaremos el paso final de este proceso:

👉 qué ocurre cuando el relato no solo circula en política o medios… sino que se legitima desde la universidad

Y cómo, en ese contexto, la discrepancia no solo incomoda…

👉 sino que se intenta desacreditar.

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