CUANDO EL RELATO CAMBIA DE CUBILETE

Publicado el 21 de mayo de 2026, 19:14

Cuando el relato cambia de cubilete

Documentos incómodos, humor defensivo y la moral variable de las palabras

(Ficha complemento de la anterior entrada)

 

Jueves 21 de mayo de 2026

Hay momentos en los que un documento histórico no sólo aporta información.
También desmonta atmósferas.

Eso es precisamente lo que ocurre con la reciente difusión del documento publicado por Mario Amorós y comentado posteriormente por Juan Antonio Ríos Carratalá en relación con Miguel Hernández.

Porque el documento resulta enormemente revelador:
los hechos atribuidos al poeta son calificados como de “escasa trascendencia” y, además, se recomienda la conmutación de la pena.

Y entonces surge inevitablemente una pregunta incómoda:

Si durante años se ha insinuado —de manera más o menos explícita según conviniera en cada momento— que Miguel Hernández fue condenado por la “instrucción” atribuida a Antonio Luis Baena Tocón,
¿ cómo encaja ahora ese entusiasmo ante un documento que precisamente minimiza los hechos y recomienda la conmutación?

Ahí es donde el relato empieza a cambiar de cubilete.

La técnica de insinuar sin asumir

Uno de los rasgos más constantes del discurso de Juan Antonio Ríos Carratalá ha sido siempre una determinada ambigüedad calculada.

No suele afirmarse frontalmente aquello que luego queda instalado en la percepción pública.

La técnica es más sofisticada:

  • sugerir,

  • aproximar,

  • contextualizar emocionalmente,

  • dejar flotando asociaciones morales,

  • y permitir que sea el lector quien complete el sentido.

Después, cuando alguien señala las consecuencias de esas insinuaciones, aparece el repliegue:

  • “yo no he dicho eso”,

  • “usted lo interpreta así”,

  • “yo sólo reproduzco documentos”,

  • “nadie ha llamado verdugo a nadie”.

Pero el problema nunca estuvo únicamente en las palabras literales.

El problema está en el efecto acumulativo del relato.

Porque cuando durante años:

  • se asocia reiteradamente un nombre con consejos de guerra,

  • condenas,

  • represión,

  • responsabilidades históricas,

  • y culpabilidades morales implícitas,

el daño público ya se ha producido.

Aunque después llegue el eterno juego semántico.


La trilería de las palabras

Quizá el problema más profundo no sea una afirmación concreta.

Quizá sea un método.

Un modo de mover continuamente el significado de las palabras:

  • hoy insinuando,

  • mañana matizando,

  • pasado negando haber insinuado.

Como un trilero que cambia el cubilete justo cuando alguien cree haber encontrado la bola.

Porque aquí no hablamos sólo de Historia.

Hablamos también de:

  • prestigio académico,

  • influencia mediática,

  • construcción de marcos morales,

  • y utilización emocional del lenguaje.

No hacía falta escribir literalmente determinadas acusaciones.

Bastaba construir la atmósfera adecuada.

Y durante años esa atmósfera se construyó alrededor de Antonio Luis Baena Tocón.

Por eso resulta tan revelador que ahora se destaque precisamente un documento que rebaja enormemente la gravedad de los hechos atribuidos a Miguel Hernández.

Porque los documentos, a veces, terminan contradiciendo la narrativa que se levantó alrededor de ellos.

La reciente difusión del documento comentado tanto por Mario Amorós como por Juan Antonio Ríos Carratalá vuelve especialmente llamativa esta contradicción narrativa.[1]


Cuando el humor se convierte en refugio

Resulta también significativo comprobar cómo determinadas críticas documentales suelen responderse mediante caricaturas personales o descalificaciones psicológicas más o menos veladas.

Aparecen entonces expresiones sobre:

  • “senilidad malhumorada”,

  • jubilados avinagrados,

  • personajes obsesivos,

  • o discrepantes caricaturizados.

Naturalmente, cada lector interpretará a quién o a qué se refiere cada comentario.

Pero el mecanismo resulta reconocible:
cuando el debate documental empieza a incomodar, el foco se desplaza hacia la caricatura del discrepante.

Y aquí entra otro elemento curioso:
el humor.

Porque el propio Ríos Carratalá ha reivindicado en más de una ocasión que la ficción y el humor es “lo suyo”.

Y el humor puede ser magnífico.
Incluso necesario.

El problema aparece cuando el humor deja de ser una herramienta literaria y pasa a convertirse en un escudo de superioridad moral:

  • ironizar al discrepante,

  • ridiculizar objeciones,

  • convertir el sufrimiento ajeno en motivo de sarcasmo elegante,

  • o presentar toda crítica como producto de obsesiones personales.

Hay veces en que el humor no aclara.
Simplemente sirve para esquivar.

Resulta incluso significativo que el nuevo espacio digital anunciado por Ríos Carratalá lleve precisamente por título Memoria y ficción.[2] Cada lector interpretará libremente el alcance de determinadas ironías o referencias personales. Pero quizá el problema de fondo aparezca cuando la frontera entre memoria, relato y ficción empieza a desplazarse continuamente según convenga al marco narrativo del momento.


Cuando la Justicia sólo es democrática si coincide conmigo

Otro aspecto llamativo de este ecosistema discursivo es el tratamiento variable de las resoluciones judiciales.

Porque parece existir un curioso criterio selectivo:

  • si una resolución favorece el marco ideológico deseado,
    entonces la democracia funciona admirablemente;

  • pero si una resolución resulta incómoda,
    aparecen enseguida referencias a jueces de otros tiempos,
    inercias franquistas,
    mentalidades heredadas
    o decisiones impropias de una democracia moderna.

Y aquí conviene detenerse un momento.

La independencia judicial no puede convertirse en un principio condicional.

Porque entonces el juez “demócrata” sería únicamente el que coincide con nuestras convicciones ideológicas.

Y el juez sospechoso sería simplemente quien no dicta la resolución esperada.

Esa lógica resulta enormemente peligrosa.
Especialmente cuando se utiliza desde posiciones de autoridad intelectual o mediática.


El peso variable de las palabras

Hay además una ironía involuntaria particularmente reveladora.

En una reciente publicación (2), Ríos Carratalá habla con evidente orgullo —y probablemente legítimo— de la ayuda prestada por su hijo, ingeniero informático, en el desarrollo de nuevos proyectos digitales y blogs.

Y es lógico que un padre se sienta orgulloso.

Pero precisamente por eso conviene reflexionar sobre el peso de determinadas expresiones.

Porque durante años la expresión “colaborador necesario” ha aparecido cargada de enorme gravedad moral cuando se proyectaba sobre otras personas y otros contextos históricos.

Sin embargo, en ámbitos personales o familiares, la colaboración se presenta —como es natural— como motivo de afecto, apoyo y admiración.

Y probablemente ahí reside la cuestión de fondo:
las palabras nunca son inocentes.

Dependiendo del contexto y de quién sea el destinatario:

  • unas veces humanizan,

  • y otras veces condenan.

Por eso quizá convendría reflexionar alguna vez sobre lo que ocurre cuando determinadas construcciones morales se proyectan sobre familias ajenas.

Porque detrás de cada relato hay personas reales.
Y detrás de ciertas insinuaciones hay décadas enteras de sufrimiento, desgaste y destrucción reputacional.


El verdadero problema

El problema nunca fue investigar.

Nunca fue estudiar documentos históricos.

Nunca fue analizar contextos complejos de la posguerra.

El problema aparece cuando:

  • la Historia se convierte en marco ideológico cerrado,

  • el matiz desaparece,

  • las personas quedan reducidas a símbolos,

  • y el relato pesa más que la proporcionalidad documental.

Y eso es precisamente lo que muchos llevamos años observando.

Una forma de construir relatos donde:

  • la insinuación vale más que la precisión,

  • el impacto emocional pesa más que la contextualización,

  • y las rectificaciones posteriores jamás alcanzan la difusión del señalamiento inicial.


Conclusión

Quizá lo más revelador de todo no sea el documento de “escasa trascendencia”.

Quizá lo verdaderamente revelador sea la contradicción que deja al descubierto.

Porque demuestra hasta qué punto determinados relatos necesitan mover continuamente los cubiletes del lenguaje:

  • hoy insinuando,

  • mañana matizando,

  • pasado negando haber insinuado.

Pero llega un momento en que los propios documentos empiezan a romper la atmósfera creada.

Y entonces ya no basta el humor.
Ni la ironía.
Ni el repliegue semántico.

Porque las palabras tienen consecuencias.

Especialmente cuando durante años se han utilizado para construir sospechas morales sobre personas que ya no pueden defenderse.

 

“Lecturas y referencias relacionadas”.

[1] Artículo publicado en Público: “Un documento del franquismo admite que Miguel Hernández fue condenado a muerte por hechos de escasa trascendencia”. https://www.publico.es/culturas/libros/documento-franquismo-admite-miguel-hernandez-condenado-muerte-hechos-escasa-trascendencia.amp.html

[2] Entrada “999 entradas y un nuevo blog en la web”. https://varietesyrepublica.blogspot.com/2026/04/999-entradas-y-un-nuevo-blog-en-la-web.html?m=1

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