LA TRAGEDIA DE TORRELAGUNA

Publicado el 8 de junio de 2026, 8:13

La tragedia de Torrelaguna

Hay lugares que cambian para siempre la vida de una familia.

 

Lunes 8 de junio de 2026

Para la mía, ese lugar fue Torrelaguna.

Cuando se habla de la Guerra Civil es frecuente manejar cifras, estadísticas o grandes acontecimientos políticos. Sin embargo, detrás de aquellos episodios existieron pueblos concretos, vecinos concretos y familias concretas cuyas vidas quedaron marcadas para siempre.

La tragedia de Torrelaguna no fue sólo el asesinato de varias personas.

No fue sólo un episodio más de la violencia que asoló España durante el verano de 1936.

Fue la destrucción de una parte de la vida de un pueblo y el comienzo de una cadena de acontecimientos cuyas consecuencias alcanzarían a varias generaciones.

Mi abuelo, Francisco Baena Jiménez, fue una de sus víctimas.

Pero también fue abogado, secretario del Ayuntamiento, funcionario republicano, creyente y vecino de una comunidad en la que intentó ayudar a otras personas cuando comprendió el peligro que se cernía sobre ellas.

Y quizá ahí comienza realmente esta historia.

1. Un pueblo con mucha historia

Torrelaguna no es un lugar cualquiera.

Su historia forma parte de la historia de España.

Allí nació el cardenal Cisneros, una de las figuras más relevantes de finales del siglo XV y comienzos del XVI.

Sus calles también conservan el recuerdo del guerrillero Juan Martín Díez, "El Empecinado", que encontró refugio en la villa durante la Guerra de la Independencia tras combatir contra las tropas napoleónicas.

El convento de las Concepcionistas Franciscanas conserva aún, a fecha de 2019, la memoria de Sor Patrocinio, la célebre "Monja de las Llagas", personaje tan controvertido como influyente en la España del siglo XIX.

Incluso el Canal del Lozoya y las infraestructuras hidráulicas de la zona terminarían convirtiendo a Torrelaguna en un enclave estratégico para el abastecimiento de agua de Madrid.

Era, en definitiva, un pueblo con una rica historia, una intensa vida social y religiosa y una comunidad donde los vecinos se conocían entre sí.

Quizá por eso los acontecimientos del verano de 1936 dejaron una huella tan profunda.

Porque las guerras no destruyen únicamente edificios o monumentos.

También destruyen relaciones humanas, amistades, familias y recuerdos compartidos.

2. El verano de 1936

El estallido de la Guerra Civil alteró profundamente la vida de Torrelaguna.

La localidad adquirió una importancia estratégica por su situación geográfica y por la proximidad de infraestructuras fundamentales para el abastecimiento de agua de Madrid y para las operaciones militares desarrolladas en la zona.

En aquellos meses llegó la denominada Columna del Rosal, integrada por fuerzas de la CNT-FAI y destinada inicialmente a la protección de objetivos militares y estratégicos.

Sin embargo, la guerra nunca se limita a los objetivos previstos sobre el papel.

El clima de violencia, tensión e incertidumbre afectó profundamente a la población civil.

Se produjeron saqueos, registros y ataques contra edificios religiosos y bienes particulares.

La convivencia habitual de los vecinos quedó sustituida por el miedo y la desconfianza.

Muchas personas comenzaron a comprender que la situación podía escapar a cualquier control. Y algunas intentaron ayudar a otras antes de que fuera demasiado tarde. Entre ellas se encontraba Francisco Baena Jiménez.

Abogado y secretario del Ayuntamiento de Torrelaguna, conocía bien a sus vecinos y era plenamente consciente del ambiente que se estaba generando en la localidad.

Lo que hizo en aquellos días cambiaría para siempre el destino de muchas personas.

Y también el de su propia familia.

3. Francisco Baena Jiménez

Antes de convertirse en una víctima de la Guerra Civil, Francisco Baena Jiménez fue, sencillamente, un vecino más de Torrelaguna.

Era abogado y secretario del Ayuntamiento de la localidad.

Había desarrollado su trabajo al servicio de la Administración y de sus vecinos, desempeñando las funciones propias de un secretario municipal en una época especialmente compleja de la historia de España.

Fue, además, un fiel funcionario de la República.

Este dato merece ser recordado porque con frecuencia las personas quedan atrapadas en etiquetas demasiado simples que apenas explican la realidad de sus vidas.

Francisco Baena Jiménez no fue un dirigente político. No fue un militar. No encabezó ninguna sublevación.

Fue un profesional del Derecho, un servidor público y un hombre profundamente creyente que vivía con su familia en una comunidad donde prácticamente todos se conocían.

Aquella condición de abogado y secretario municipal le permitía conocer de primera mano la evolución de los acontecimientos y el creciente clima de tensión que se iba apoderando de la localidad.

Poco a poco comprendió que algunos de sus vecinos corrían un grave peligro. Y decidió actuar.

Quizá nunca imaginó que aquellas decisiones terminarían costándole la vida.

4. Cuando intentó salvar a otros

Las guerras suelen juzgar a las personas por el lugar donde las encuentra.

Pero las vidas reales son mucho más complejas.

La memoria familiar y la documentación que ha llegado hasta nuestros días permiten reconstruir algunos episodios que muestran una faceta poco conocida de Francisco Baena Jiménez.

No se limitó a contemplar los acontecimientos. Intentó ayudar a otras personas.

Entre quienes recibieron su apoyo se encontraban las religiosas de la localidad y distintas personas cuya situación le preocupaba especialmente.

También advirtió a varios vecinos del peligro que corrían. Algunos le hicieron caso. Otros pensaron que nada podía sucederles.

Entre estos últimos se encontraban el sacerdote D. Fermín España Castillo y D. Alejandro Marco de San Facundo.

Según el recuerdo conservado en la familia y la documentación posterior, Francisco Baena Jiménez les recomendó abandonar la localidad o extremar las precauciones. Ambos respondieron que no tenían nada que temer.

Su vida estaba dedicada a hacer el bien, ayudar a los pobres y atender a sus feligreses. Aquellas palabras transmitían una confianza profundamente humana. Pero los acontecimientos tomaron otro camino. Ambos sacerdotes serían asesinados pocos días después.

Otros sí atendieron las advertencias y consiguieron salvar la vida. Entre ellos se encontraba el capellán de las Concepcionistas, D. Juan Ricote.

También las propias religiosas recibieron su ayuda y protección en unos momentos especialmente difíciles.

Estos episodios no convierten a Francisco Baena Jiménez en un héroe de novela.

Lo muestran, simplemente, como una persona concreta que, en circunstancias extraordinarias, intentó ayudar a otras personas que consideraba amenazadas.

Quizá por eso resulta tan difícil reducir su figura a los estereotipos con los que a veces se simplifican aquellos años. Porque las personas reales suelen escapar a las etiquetas.

Y porque, antes de convertirse en víctima, Francisco Baena Jiménez intentó evitar que otros también lo fueran.

Aquellas decisiones tendrían consecuencias para muchas personas. Y terminarían teniendo consecuencias para él mismo.

5. El asesinato

Las personas que habían intentado ayudar a otros terminaron necesitando ayuda para sí mismas.

La situación en Torrelaguna se fue deteriorando rápidamente. El miedo se convirtió en una realidad cotidiana. Las noticias de detenciones, registros y actos violentos comenzaron a formar parte de la vida del pueblo.

Francisco Baena Jiménez no abandonó la localidad. Permaneció junto a su familia y junto a sus vecinos.

La memoria familiar conserva distintos episodios de aquellos días, transmitidos de generación en generación.

Entre ellos ocupa un lugar especial el intento de proteger a las monjas de clausura Concepcionistas Franciscanas y a otras personas cuya vida corría peligro.

Mi propio padre recordaba una frase que escuchó repetidas veces en casa y que resumía el carácter de su abuelo. Cuando algunos pretendían actuar contra aquellas mujeres, la respuesta habría sido sencilla y directa:

—¿Es que no hay más mujeres que esas? Dejadlas en paz.

Es un recuerdo familiar. Como tantos otros transmitidos de padres a hijos. Y quizá por eso resulta tan difícil separar la historia de los sentimientos.

Finalmente, Francisco Baena Jiménez fue detenido y asesinado el 7 de agosto de 1936 en una hornacina de la capilla del convento de las Concepcionistas Franciscanas de Torrelaguna, a las que defendió.

No fue la única víctima. Aquellos días dejaron una profunda huella de dolor en la localidad.

La memoria familiar también conservó durante décadas el recuerdo de Dámaso Melones y de su hijo Pablo. Mi abuela paterna evocaba con frecuencia aquellos acontecimientos. Y siempre terminaba llorando. Recordaba cómo una madre preguntó a quienes se llevaban al muchacho por qué iban a matarlo. La respuesta que decía haber escuchado quedó grabada en su memoria durante el resto de su vida:

—¡Para que no sea como su padre!

Aquella frase, repetida una y otra vez entre lágrimas, terminó formando parte de la memoria de nuestra familia. Quizá porque resumía el sinsentido de aquellos días.

No era únicamente el asesinato de una persona. Era el intento de destruir familias enteras y de condenar incluso a quienes apenas comenzaban a vivir.

"El asesinato de Francisco Baena Jiménez dejó viuda a su esposa y huérfanos a sus hijos. Pero sus consecuencias no terminaron aquel día. Acababan de empezar."  (1) (2)


6. La familia

Las guerras no sólo dejan muertos. También dejan familias rotas.

En el caso de los Baena, aquella ruptura comenzó incluso antes del asesinato de Francisco Baena Jiménez.

Una de las hijas del matrimonio había marchado a Gibraltar para pasar una temporada con unos familiares.

Las circunstancias hicieron que terminara creciendo lejos de sus hermanos.

El resto de la familia tampoco permanecería unida durante mucho tiempo. La muerte del padre cambió para siempre el destino de todos. La viuda tuvo que afrontar sola una situación imposible. El hogar familiar fue saqueado. La seguridad de los hijos desapareció. Cada uno tendría que recorrer un camino diferente.

Los recuerdos conservados en la familia hablan de una casa vacía, de objetos desaparecidos y de la necesidad de proteger aquello que todavía podía salvarse.

Entre esas preocupaciones se encontraba la conservación de diversos objetos religiosos que la familia custodió para evitar su destrucción y la profanación de formas consagradas y que años después pudieron ser devueltos a sus legítimos destinatarios.

Pero quizá la pérdida más difícil de reparar fue otra. La pérdida de la vida cotidiana. La mesa familiar dejó de reunirse. Los hermanos crecieron separados. La madre tuvo que afrontar el dolor de la viudedad y la incertidumbre sobre el futuro de sus hijos.

Y el hijo mayor, Antonio Luis Baena Tocón, apenas recién terminada la carrera de Derecho, tendría que afrontar una realidad para la que nadie está preparado.

Aquella familia no perdió únicamente a un padre. Perdió la vida que había conocido hasta entonces. Y sus consecuencias acompañarían a todos sus miembros durante el resto de sus vidas.

La tragedia de Torrelaguna no terminó el 7 de agosto de 1936. Aquel día sólo comenzó una larga cadena de consecuencias que acompañaría a la familia durante décadas. La viuda tuvo que afrontar sola el futuro de sus hijos. Los hermanos crecieron separados. Una de ellos se encontraba lejos del hogar familiar. Otro tendría que escribir años después sus recuerdos para que no se perdieran.

Antonio Luis Baena Tocón, el hijo mayor, tuvo que afrontar un camino que nadie había elegido para él. Acababa de terminar sus estudios de Derecho. Había perdido a su padre. Su familia se encontraba dispersa y él ansiaba poder ayudarles, era consciente de que precisaban su ayuda. Y la guerra seguía desarrollándose a su alrededor.

Vendrían la persecución, las checas, la ayuda de personas inesperadas, el refugio en la Embajada de Chile, el exilio en Marsella y las cartas firmadas como "Rosi", mediante las cuales una familia intentaba mantenerse unida cuando todo parecía haberse roto.

Llegaría también el regreso a España, el cumplimiento del servicio militar pendiente y la reconstrucción de una vida que nunca volvería a ser la misma.

La viuda de Francisco Baena Jiménez tendría que enfrentarse además a una nueva paradoja: Cuando solicitó el correspondiente subsidio, la petición fue rechazada porque su marido no había participado en la sublevación militar.

La guerra había terminado. Pero algunas heridas seguían abiertas. Los hijos crecieron. Llegaron los nietos.

Y con ellos aparecieron nuevas preguntas sobre una historia familiar que durante mucho tiempo se transmitió en voz baja, entre recuerdos, documentos conservados y lágrimas que todavía afloraban al evocar determinados episodios.

Con el paso de los años, algunos de aquellos descendientes comenzaron a investigar, se vieron obligados ante la reescritura de sus vidas. Buscaron archivos. Leyeron libros. Consultaron documentos y personas expertas. Escucharon testimonios familiares. Intentaron comprender qué había sucedido realmente. Y descubrieron que la historia rara vez es tan sencilla como las etiquetas con las que a veces intentamos explicarla.

La tragedia de Torrelaguna no pertenece únicamente al pasado.

Forma parte de la memoria de una familia y de tantas otras familias españolas cuyas vidas quedaron marcadas para siempre por aquellos acontecimientos.

Quizá por eso esta historia no pretende reabrir heridas, a pesar de que algunos lo han hecho.

Pretende evitar que se cierren en falso.

Porque detrás de los grandes acontecimientos históricos hubo personas concretas: Vecinos. Madres. Padres. Hijos. Religiosas. Sacerdotes. Funcionarios. Abogados. Y familias enteras que intentaron sobrevivir en medio de una tragedia colectiva.

La de Francisco Baena Jiménez es una de esas historias. Y la de su familia demuestra que, a veces, las consecuencias de una guerra pueden prolongarse durante varias generaciones.

Quizá por eso, al recordar hoy aquellos acontecimientos, no se trata solamente de mirar hacia el pasado.

Se trata también de comprender cómo empezó una historia cuyas consecuencias todavía alcanzan a quienes conservan su memoria.

"La tragedia de Torrelaguna" es una historia que podrá ser leída y comprendida incluso por alguien que nunca haya oído hablar de Juan Antonio Ríos Carratalá, porque el verdadero protagonista ya no es el debate historiográfico, sino las personas concretas que vivieron y sufrieron aquellos acontecimientos…

 

Fuentes y memoria familiar

Esta entrada ha sido elaborada a partir de una combinación de documentación escrita, testimonios familiares e investigaciones personales realizadas durante años.

Entre las principales fuentes utilizadas se encuentran:

• El testimonio escrito del hermano menor de Antonio Luis Baena Tocón, conservado por la familia.

• Documentación procedente del Registro Civil de Torrelaguna y de otros archivos consultados durante la investigación.

• Recuerdos y testimonios transmitidos por distintos miembros de la familia Baena a lo largo de varias generaciones.

• Testimonios orales recogidos personalmente en Torrelaguna, conversando con personas mayores de la localidad y con vecinos vinculados a los lugares donde ocurrieron algunos de los hechos relatados.

• Información y trabajos de investigadores e historiadores de la zona que han contribuido al conocimiento de la historia local.

• Documentación familiar conservada, fotografías, correspondencia y otros materiales relacionados con los acontecimientos descritos.

Cuando en el texto se recogen recuerdos o tradiciones familiares, se indican expresamente como tales. Cuando existen documentos o fuentes escritas que apoyan los hechos relatados, también se han tenido en cuenta.

El propósito de esta publicación no es sustituir el trabajo historiográfico, sino contribuir a preservar y compartir una memoria familiar contrastada con las fuentes disponibles y abierta a nuevas aportaciones documentales.

"Esto no es sólo un recuerdo de familia ni sólo un trabajo de archivo. Es el resultado de muchos años de conservar documentos, escuchar a los mayores, visitar lugares, hablar con personas e intentar comprender qué ocurrió realmente."



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(1) Porque un historiador puede interpretar documentos. Un periodista puede escribir artículos. Un profesor puede formular hipótesis.

Pero una familia también tiene derecho a reconstruir su propia memoria, contrastarla con documentos y aportar elementos que completen la visión de unos acontecimientos.)

(2): No estamos diciendo:  "Crean a mi familia porque sí."

Estamos diciendo: "Ésta es la historia que hemos recibido, la que hemos investigado y la que hemos intentado contrastar durante años."

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