Cinco derechos para una persona real.
Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.
Cuarta entrega
El premio perfecto
O cómo los méritos acaban convirtiéndose en recompensas
Primera parte: La recompensa necesaria
Si las tres primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario, al supuesto abogado y al supuesto voluntario, la cuarta gira alrededor de una idea que, poco a poco, fui descubriendo que también formaba parte del mismo relato.
La recompensa.
Al principio pensé que las distintas afirmaciones que se hacían sobre mi padre eran cuestiones independientes: Un cargo discutible, una fecha equivocada, una interpretación más o menos discutible sobre determinadas funciones….
Sin embargo, rápidamente fui comprendiendo que aquellas piezas parecían formar parte de una construcción mucho más amplia.
Y toda construcción necesita una cierta coherencia interna.
Si una persona es presentada como funcionario antes de serlo.
Si además aparece como alguien cuya formación jurídica resulta dudosa.
Si posteriormente se le atribuye una actuación voluntaria en determinadas circunstancias históricas.
Entonces parece lógico que el siguiente paso del relato sea otro.
La recompensa.
La propia presentación pública del relato parecía reforzar esa interpretación, al igual que algunas de las personas que la asumieron sin mayor contraste.
El personaje necesitaba obtener algún beneficio, la propia presentación pública del relato parecía reforzar esa interpretación, al igual que algunas de las personas que la asumieron sin mayor contraste. Esos beneficios serían:
Ascensos: Como si determinadas promociones profesionales pudieran explicarse exclusivamente por actuaciones desarrolladas muchos años antes.
Mejores destinos: Prestando especial atención a los últimos puestos desempeñados, como si toda una trayectoria profesional pudiera resumirse en una sola interpretación.
Sueldos “importantes”: Sin detenerse en los conceptos retributivos ni en la documentación administrativa que los justifica, tanto si eran importantes como si eran modestos (más bien modestos en las primeras décadas).
Ventajas profesionales: Cuya existencia muchas veces se da por supuesta sin precisar en qué consistieron realmente.
Reconocimientos: Como si cualquier valoración positiva del trabajo realizado tuviera necesariamente su origen en actuaciones desarrolladas décadas atrás.
Como si determinadas circunstancias históricas hubieran sido aprovechadas deliberadamente para construir una carrera personal.
Confieso que durante algún tiempo no comprendí del todo la importancia de esta idea, porque me parecía increíble que el relato diera lugar a eso.
Pensaba que se trataba simplemente de comentarios aislados, pero descubrí que tenían una función mucho más importante.
Porque un supuesto voluntario que no obtiene nada a cambio resulta difícil de explicar dentro de una determinada interpretación.
Pero un voluntario recompensado encaja perfectamente en el personaje que el relato necesita construir.
Entonces empecé a preguntarme si la realidad de una carrera profesional puede reducirse tan fácilmente.
La vida administrativa y profesional de cualquier persona suele ser larga y compleja:
Exige estudios.
Requisitos legales.
Experiencia.
Responsabilidades.
Aciertos.
Errores.
Y también una buena dosis de circunstancias personales e históricas.
Sin embargo, determinadas interpretaciones parecen simplificar esa complejidad.
Los méritos desaparecen.
Las obligaciones pasan a un segundo plano.
Los requisitos profesionales apenas se mencionan.
Y la explicación termina encontrándose en una idea aparentemente sencilla:
La recompensa.
Aquella reflexión me llevó a plantearme una cuestión que nunca antes me había hecho.
¿Qué ocurre cuando una trayectoria profesional deja de interpretarse como el resultado de una vida compleja y comienza a presentarse como el premio obtenido por una determinada adhesión política o ideológica?
Quizá la pregunta no afecte únicamente a mi padre. Quizá tenga que ver con una forma de entender la historia y a las personas que la protagonizaron, porque, cuando una vida se contempla exclusivamente desde el resultado final, resulta fácil olvidar los caminos recorridos para llegar hasta él:
Se olvidan los estudios.
Las dificultades.
Los requisitos.
Los sacrificios.
Las circunstancias familiares.
Las obligaciones.
Y también los acontecimientos que nadie habría elegido vivir.
Poco a poco fui comprendiendo que el supuesto funcionario, el supuesto abogado y el supuesto voluntario necesitaban un último elemento para completar el personaje. Necesitaban un premio, porque, en determinados relatos, las decisiones voluntarias parecen exigir siempre una recompensa que las justifique.
Y entonces comprendí que el verdadero debate tampoco giraba alrededor de un sueldo, un destino o un ascenso concreto.
Giraba alrededor de una pregunta mucho más amplia.
¿Hasta qué punto tenemos derecho a transformar una trayectoria profesional en la simple recompensa de una determinada interpretación del pasado?
Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta cuarta entrega.
Porque, aunque pronto se intuía el relato, después de lo aprendido durante estos años, irremediablemente empecé a sospechar que el personaje construido sobre mi padre necesitaba algo más que decisiones voluntarias.
Necesitaba beneficios.
Necesitaba recompensas.
Necesitaba, en definitiva, el premio perfecto.
Segunda parte: Cuando una trayectoria profesional se convierte en sospecha
Aquella reflexión siguió acompañándome durante mucho tiempo.
Si el personaje construido sobre mi padre necesitaba recompensas, resultaba inevitable hacerse una pregunta.
¿De dónde salían esas recompensas? Y, sobre todo, ¿qué papel desempeñaban dentro del relato construido?
Poco a poco fui comprendiendo que el problema no consistía únicamente en determinados puestos de trabajo, en algunos destinos profesionales o en concretas retribuciones económicas.
La cuestión era mucho más amplia.
Se trataba de interpretar toda una trayectoria profesional desde un único punto de vista. Y, en cierto modo, de reinterpretarla retrospectivamente:
Los estudios realizados.
Los requisitos exigidos para determinados cargos.
La experiencia acumulada durante años.
Las responsabilidades asumidas.
Los trabajos desempeñados.
Los reconocimientos obtenidos.
Todo ello parecía quedar en un segundo plano.
**Poco a poco fui comprendiendo que no se trataba únicamente de discutir determinados méritos profesionales.
Se trataba de decidir si esos méritos habían existido realmente o si debían interpretarse únicamente como la recompensa de una determinada adhesión previa.**
La explicación se encontraba en otra parte.
El personaje ya había sido construido.
El supuesto funcionario en 1934.
El supuesto abogado sin estudios.
El supuesto voluntario.
Sólo faltaba demostrar que todo aquello había merecido la pena.
Ahora necesitaba demostrar que aquellas decisiones habían obtenido su recompensa.
Y entonces empecé a preguntarme si una carrera profesional de varias décadas podía resumirse de una manera tan sencilla.
Tercera parte: El derecho al mérito
Después de darle muchas vueltas a todas estas cuestiones, llegué a una conclusión que nunca había imaginado al comenzar esta historia.
El verdadero problema no consistía únicamente en determinados ascensos, en algunos destinos profesionales o en las correspondientes retribuciones económicas.
La cuestión era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más importante.
Se trataba del mérito.
Durante estos años he visto cómo determinadas trayectorias personales pueden acabar siendo interpretadas exclusivamente desde una determinada perspectiva ideológica o política.
Entonces ocurre algo curioso.
Los estudios parecen perder importancia.
Los esfuerzos dejan de tener valor.
La experiencia acumulada durante años se convierte en una simple circunstancia.
Las responsabilidades asumidas desaparecen.
Y el trabajo desarrollado durante toda una vida parece necesitar una explicación distinta del propio trabajo.
Como si el mérito resultara insuficiente.
Como si toda una trayectoria profesional tuviera que justificarse necesariamente por otros motivos.
Aquella reflexión me hizo pensar muchas veces en mi padre.
No en el personaje construido alrededor de él.
Sino en la persona que yo conocí.
En el estudiante de Derecho.
En el profesional que siguió formándose y aprendiendo.
En el hombre que asumió responsabilidades a lo largo de muchos años.
En quien desempeñó distintos destinos y funciones.
En quien aceptó obligaciones que formaban parte de su trabajo.
Como cualquier otra persona, se equivocó en ocasiones y acertó en otras.
Como cualquier profesional, tuvo que aprender, adaptarse y afrontar nuevas responsabilidades.
Y comprendí que quizá ése era el verdadero problema.
Una trayectoria profesional no puede reducirse únicamente al resultado final.
Tampoco puede interpretarse exclusivamente desde una determinada idea previa.
Porque las vidas reales son mucho más complejas.
Están hechas de estudio.
De esfuerzo.
De preparación.
De trabajo cotidiano.
De dificultades.
De sacrificios.
Y también de circunstancias personales e históricas que nadie elige.
Durante estos años he tenido la oportunidad de consultar documentos, nombramientos, expedientes, cursos de perfeccionamiento y otros testimonios relacionados con la trayectoria profesional de mi padre.
Y he descubierto algo que probablemente debería parecer evidente.
Los documentos hablan de una persona que trabajó, estudió, asumió responsabilidades y desarrolló una carrera profesional a lo largo de décadas.
No hablan de un personaje literario.
No hablan de una caricatura.
No hablan de un símbolo.
Hablan de una persona real.
Quizá por eso he llegado a pensar que el verdadero debate no consiste en decidir si una persona merece admiración o crítica. Nadie está libre de errores. Nadie tiene una vida perfecta. La cuestión es otra.
¿Tenemos derecho a ignorar los méritos reales de una persona simplemente porque dificultan el relato que hemos construido sobre ella?
Creo sinceramente que no.
Creo que la historia necesita documentos.
Necesita investigación.
Necesita debate.
Pero también necesita reconocer...
Pero también necesita reconocer que el mérito existe, que el esfuerzo existe, que las trayectorias profesionales existen.
Y que reducir toda una vida de trabajo por una supuesta recompensa obtenida a partir de determinadas circunstancias históricas... supone, en cierto modo, simplificar excesivamente la realidad.
Quizá ésa haya sido una de las enseñanzas más inesperadas de estos años.
Mi padre no necesitaba convertirse en un héroe para merecer respeto.
Tampoco necesitaba ser perfecto.
Le bastaba con ser lo que fue.
Una persona real.
Con virtudes y defectos.
Con aciertos y errores.
Con una vida profesional documentable.
Y con el mismo derecho que cualquier otra persona a que sus méritos sean contemplados junto a sus circunstancias y no sustituidos por un personaje construido muchos años después.
Porque, después de todo este tiempo, creo que la pregunta más importante de esta cuarta entrega ya no es qué obtuvo Antonio Luis Baena Tocón.
Quizá la verdadera pregunta sea otra.
¿Tenemos derecho a negar los méritos de una vida simplemente porque no encajan en el relato que hemos decidido construir?
Nota documental.
Parte de las reflexiones contenidas en esta entrada han sido posibles gracias a la consulta de nombramientos, expedientes administrativos, cursos de perfeccionamiento y otros documentos relacionados con la trayectoria profesional de Antonio Luis Baena Tocón, algunos de los cuales serán objeto de futuras publicaciones específicas.
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