ESTAMPA 2: EL PERIÓDICO DE LOS DOMINGOS.

Publicado el 29 de junio de 2026, 9:28

ESTAMPA 2: El periódico de los domingos

Antes de enseñarme a opinar, mi padre me enseñó a leer.

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

 

Los domingos tenían un olor distinto.

No era el olor del café ni el de los mantecados cuando llegaba la Navidad. Era el olor del papel recién impreso. Todavía hoy, cuando abro un periódico, vuelvo por un instante a la Córdoba de mi infancia.

Recuerdo perfectamente el paseo por la Avenida de la Victoria, que entonces era simplemente la Avenida de la Victoria y nunca pensamos que pudiera llamarse de otra manera (Hoy sigue llamándose igual).

Mi padre caminaba sin prisas. No necesitaba grandes viajes para disfrutar de un domingo.

Le bastaban un paseo, unos jardines, un banco donde sentarse a leer o un concierto de la banda municipal junto al templete.

Antes había una parada obligatoria.

El quiosco.

Allí compraba el ABC o el Diario Córdoba y, casi siempre, nos dejaba elegir un tebeo. Para nosotros aquello era un acontecimiento: Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Vidas ejemplares, Zipi y Zape, Las hermanas Gilda, La familia Cebolleta, El Botones Sacarino, Mortadelo y Filemón...

Cada uno buscaba rápidamente su favorito mientras mi padre enrollaba el periódico y seguíamos caminando.

Nunca le oí decir que un periódico fuera bueno o malo por pertenecer a una determinada tendencia.

En casa aparecían con naturalidad el ABC, Diario Córdoba, Diario 16, El País, Pueblo, La Vanguardia e incluso revistas como Diez Minutos.

Con los años comprendí que aquello no era casual.

Mi padre era un lector antes que un partidario.

Leía por curiosidad. Por obligación profesional. Por placer.

Y porque pensaba que era imposible comprender la realidad escuchando una sola voz.

No recuerdo que recortara artículos.

Pero sí recuerdo un gesto que repitió muchas veces.

Me entregaba el periódico doblado por una página concreta y decía:

—Lee esto.

Sin más explicación.

Una tarde protesté, siendo ya un adolescente, porque el autor me parecía demasiado conservador (“carca” le dije).

Él sonrió con esa mezcla de ironía y paciencia que utilizaba cuando quería enseñarme algo.

—Pues es de izquierdas.

No añadió nada más.

La lección ya estaba dada.

Antes de opinar había que leer.

Y antes de etiquetar a una persona convenía conocerla.

Los periódicos terminaban acumulándose en el revistero del televisor Iberia.

Cuando ya no cabían más, mi madre nos mandaba llevarlos a un almacén cercano donde los compraban al peso. Si pesaban mucho los atábamos y los llevábamos sobre el sillín de una bicicleta de mi hermano mayor.

El dinero nos lo dejaba para comprar un helado en verano.

Así aprendimos que hasta un periódico viejo podía tener una segunda vida.

Como tantas otras cosas en una casa donde nada se desperdiciaba.

Con el paso de los años he comprendido que aquellos domingos no me enseñaron solamente a disfrutar de un paseo.

Me enseñaron a escuchar, a leer opiniones distintas y a desconfiar de las etiquetas fáciles.

Quizá por eso sigo creyendo que ninguna persona puede resumirse en una frase, en un titular o en una opinión repetida muchas veces.

Cuando cierro los ojos no recuerdo un gran discurso sobre la libertad de pensamiento.

Recuerdo algo mucho más sencillo.

Un padre caminando por Córdoba con un periódico enrollado bajo el brazo.

Un grupo de hijos discutiendo qué tebeo elegir.

Un banco junto al templete.

Y un hombre que, sin proponérselo, estaba enseñándonos que la mejor forma de pensar por uno mismo consiste, primero, en aprender a leer a los demás.

Porque hay periódicos que se olvidan al día siguiente.

Pero hay domingos que permanecen toda la vida.

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